Es de noche. De alguna manera, pude llegar adentro de sus sueños. Ella duerme o finge dormir. Intento despertar, pero no puedo. Realmente, me tiene encerrado. Intento moverme. Mis labios contestan primero, tentando articular alguna palabra. Ella sigue esperando dormida. Haciendo un inconmensurable esfuerzo, logro zambullirme en sus ojos. La penumbra de la habitación había templado mi vista en la oscuridad, pero este túnel supera la sombra más profunda. Nado y vuelo en su pupila, viajando hacia el interior, impulsado por una fuerza enorme, irresistiblemente suave y poderosa. Siento calor, el viaje me adormece, y en el fluido ciego de sus pensamientos, me disuelvo.
Me ahogo. Chapoteo en la división de mi existencia y la suya, ahogándome en la mezcla del agua y el aceite. Logro flotar, y asciendo en su superficie. El océano me acuna en una soledad inmensa, pavorosa. Busco una orilla, encontrándola tras mío. Me encuentro en un bosque. La luz del sol penetra entre las multiformes hojas rojizas, tornando el espacio de mi vista en una alfombra de hojas caídas, con enormes troncos, y también enjutas ramas caídas, quebradizas ramas en torno a mí. Diviso el camino recortado por las siluetas de los árboles, y sigo la insinuación de coherencia que éste sugiere. Las hojas suenan, a cada paso, y las que caen por toda la foresta murmuran con la voz del bosque una música incomprensiblemente conocida por mí. Reconozco en cada oquedad de cada árbol un asidero para mis recuerdos, una posible respuesta. A un costado del sendero, más allá, encuentro un gran claro, con una mesa tallada, en el centro. En torno a ésta hay cinco sillares, esculpidos en la misma madera de la mesa. Decido sentarme, esperando que el bosque se tiente a mostrarme el secreto que busco. Repentinamente, advierto que no estoy solo. Escucho pasos viniendo del sendero. Nervioso, me oculto tras un árbol que delimitaba el claro. Entra una mujer desnuda, y se sienta en una de las sillas, dirigiendo su mirada hacia el árbol en que me oculto. No había podido distinguir su rostro, y atravesado de pudor y curiosidad, me asomo para poder verla, sabiendo que ella me puede ver. Y así lo está haciendo. Reconozco a la persona dueña de los ojos que me permitieron entrar aquí. Sus contornos son nebulosos, pero no así sus pensamientos, que recita apenas me ve.
-Has llegado. Creí que jamás lo harías.
-¿El qué?- Pregunto, extrañado.
-Entrar en mis sueños. De seguro, cuando despierte no recordaré qué ocurrió aquí. Por eso necesitaba que vinieras. Necesito que me ayudes a comprender algo.- Descubro que también estoy desnudo.
-Explícame y lo haré.
-Quiero saber por qué nos conocemos.
-Yo creía que porque nos conocimos en el colegio.
-Si solo fuera así, no podrías estar hablando aquí, conmigo.
-Sugieres que nos hemos visto antes.
-Tengo la certeza. He permitido que entres, para descubrir dónde.
-¿Y cómo piensas hacerlo?
-Tengo que lograr que nos juntemos despiertos, para poder trabajarlo aquí, contigo. Quizá logremos descubrirlo así, pero no creo que al despertar lo recordemos.
-Quiero saber por qué nos conocemos.
-Yo creía que porque nos conocimos en el colegio.
-Si solo fuera así, no podrías estar hablando aquí, conmigo.
-Sugieres que nos hemos visto antes.
-Tengo la certeza. He permitido que entres, para descubrir dónde.
-¿Y cómo piensas hacerlo?
-Tengo que lograr que nos juntemos despiertos, para poder trabajarlo aquí, contigo. Quizá logremos descubrirlo así, pero no creo que al despertar lo recordemos.
-¿Pero cómo vamos a hacer para que podamos recordar esta necesidad, estando despiertos?
-No lo sé. Sólo sé que necesitamos conocernos despiertos para poder recoger certezas.
-...
Ella se incorpora. Acerca su luminosísima desnudez a mí, sin despegar su vista de mis ojos.
-No lo sé. Sólo sé que necesitamos conocernos despiertos para poder recoger certezas.
-...
Ella se incorpora. Acerca su luminosísima desnudez a mí, sin despegar su vista de mis ojos.
-Creo que te amo- Me dice.
-...
-Sólo así podremos saber quiénes somos. Por favor, haz un esfuerzo. Tienes que hacerlo. No lo recordarás al despertar.
Sin el menor ruido, había extraído una daga de la silla en que estaba, y ahora me la estaba ofreciendo.
-Vas a tener muy poco tiempo, aprovéchalo para encontrar lo más que puedas. Y no sufras por mí. Sólo estoy soñando, despertaré pronto. Hazlo.
Cogí el arma, y se la enterré en el corazón. Sus ojos se apagaron, y exhaló en mis brazos. Tan frágil; acaricié su rostro, buscándolas últimas gotas de color que su cuerpo mostraba. Cuando quité la daga de su pecho, sentí un fuerte viento a mí alrededor. Estaba anocheciendo, y las hojas silbaban amenazadoramente, acusándome. Me incorporé, buscando el sendero por donde llegué al claro. Eché una última mirada al cadáver de la soñante, y vi cómo las hojas, cómo la tierra absorbía su cuerpo. Aterrado, comencé a correr.
Tras mío, el viento deshacía el bosque; la alfombra de hojas marchitas perdía sus colores, y desintegrábase en más viento. Corrí, sin notar cansancio, con la daga en la mano, hasta lograr salir del bosque.
Desgraciadamente, no pude seguir más allá. En un instante, caí ahogado al fondo del océano, y desperté aquí, y comencé a olvidar el sueño.
21 - XII - 2010
-Sólo así podremos saber quiénes somos. Por favor, haz un esfuerzo. Tienes que hacerlo. No lo recordarás al despertar.
Sin el menor ruido, había extraído una daga de la silla en que estaba, y ahora me la estaba ofreciendo.
-Vas a tener muy poco tiempo, aprovéchalo para encontrar lo más que puedas. Y no sufras por mí. Sólo estoy soñando, despertaré pronto. Hazlo.
Cogí el arma, y se la enterré en el corazón. Sus ojos se apagaron, y exhaló en mis brazos. Tan frágil; acaricié su rostro, buscándolas últimas gotas de color que su cuerpo mostraba. Cuando quité la daga de su pecho, sentí un fuerte viento a mí alrededor. Estaba anocheciendo, y las hojas silbaban amenazadoramente, acusándome. Me incorporé, buscando el sendero por donde llegué al claro. Eché una última mirada al cadáver de la soñante, y vi cómo las hojas, cómo la tierra absorbía su cuerpo. Aterrado, comencé a correr.
Tras mío, el viento deshacía el bosque; la alfombra de hojas marchitas perdía sus colores, y desintegrábase en más viento. Corrí, sin notar cansancio, con la daga en la mano, hasta lograr salir del bosque.
Desgraciadamente, no pude seguir más allá. En un instante, caí ahogado al fondo del océano, y desperté aquí, y comencé a olvidar el sueño.
21 - XII - 2010